divendres, 20 d’agost de 2010

diumenge, 27 de juny de 2010

Una entrevista a ‘La Vanguardia’

“Mi novela refleja una realidad transnacional”

El mejor elogio que el autor ha recibido de su libro, dice, es la frase “no quería que se acabara”. Maletes perdudes (Empúries) fue la obra galardonada con el X Premi Llibreter en su nueva categoría de Literatura Catalana. En palabras del jurado, “una decisión unánime y un reconocimiento merecido” a la primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967), una mezcla de humor y tragedia “que con el tiempo ha tomado vida propia”. En ella el autor narra la búsqueda de un mismo padre, Gabriel Delacruz, por parte de cuatro hijos (Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol) de madres diferentes a los que abandonó cuando eran pequeños.

-¿Qué virtud tiene este premio que no tengan otros?

-Que te lo den los libreros comporta algo que para mi es esencial: el reconocimiento de la profesión y el respeto a la figura del librero como primer lector. Una condición que para ellos es un privilegio y una responsabilidad. Cuando son ellos quienes te aplauden es de agradecer, claro.

-¿Usted tiene librero de cabecera?

-Tengo varios. Uno de ellos es internet ¿eh? pero como viajo mucho tengo uno en cada lado: en Barcelona varios, en Manlleu otro, en Vic otro. Además soy curioso y acabo apareciendo en tres librerías el mismo día, tienen los mismos libros, lo sé, pero siempre acabo encontrando algo distinto.

-¿Se puede vivir de escribir?

-De escribir, sí, pero si cuentas todas las posibilidades: escribir artículos, cuentos, reportajes y libros. A menudo echo en falta que las revistas encarguen más artículos a escritores. Para muchos es un modus vivendi importante, y entre nosotros no abunda.

-De sus tres facetas: traductor, periodista y escritor ¿cuál le ha hecho más feliz?

-La de escritor, sin duda. Es la más personal pero también te dejas más la piel, te la juegas...

-Maletes perdudes tiene un argumento muy contemporáneo: hijos de diversos orígenes... ¿eso ha aumentado su público potencial?

-Yo espero que sí. No es intencionado, nunca pensé “así llegarás a más gente”, sencillamente quise reflejar una realidad. Una realidad incluso transnacional siguiendo la idea del camión de transporte una realidad que afecta a mucha gente.

-¿A qué idiomas se ha traducido?

-Ahora se está traduciendo al francés y al alemán, al portugués, al holandés... Estamos notando que hay una muy buena recepción. Está cristalizando la idea a la que yo quería llegar: que es una novela europea.

-¿Qué tipo de e-mails le envían sus admiradores?

-¡Extraordinarios! Un amigo me envió incluso una foto de un camionero, en una área de servicio, leyendo mi libro. Otra revista de camioneros quieren hacerme una entrevista... Y el otro día me ocurrió una cosa excepcional: una chica me dijo que había asistido a una cena de amigos donde todos los comensales empezaron a hablar a la vez. Una de ellas les interrumpió diciendo “¡hostia! ¡ya parecemos los Christophers!”.

-Un guiño que usted debe agradecer.

-Claro, porque no sólo significa que todos han leído el libro sino que, además, entienden la red de complicidades que teje.

-¿Qué futuro le espera a la literatura en catalán?

-Yo creo que el que queramos. Para entendernos: los textos existirán. El futuro será el que los políticos, libreros y lectores quieran. Si desean que continúe lo hará, porque de ganas de explicar historias y gente que quiere hacerlo tenemos. Y pienso que la calidad es muy alta. Cómo se vaya a resolver depende de una solución política.

-Usted cursó Filología Románica, que a ojos de muchos universitarios de hoy es una auténtica rareza.

-Sí, sí, realmente es inusual. Yo estudié Filología Románica Medieval porque era la vía que te daba más posibilidades de escoger otras optativas. Al mismo tiempo podía hacer “literatura catalana contemporánea” o “francesa del siglo XVIII”. Me atraía la idea de hacer cosas distintas y mantener la perspectiva europea.

-En su sector, ¿qué encuentra más: competencia o complicidad?

-Eso es muy puñetero: cincuenta por ciento de cada cosa. Yo creo que el escritor está solo. Cuando presentas un libro no hay nada que valga, tienes un libro y ahí vas... tu puedes tener mil complicidades con otros escritores pero el texto es el que manda. Pero si salimos estrictamente de la “corona de escritores” entonces sí encuentras muchas complicidades: libreros, lectores, mercado...

-¿Y en el núcleo duro?

-Allí encuentras muchas complicidades que debes buscar inevitablemente,para nos sentirte solo, pero también mucha competitividad, para qué negarlo.

-¿En qué anda metido ahora?

-Estoy recopilando una serie de artículos de la serie “Els castellans” que hice para L’Avenç.

-¿Alguna pista del próximo libro?

-Sólo una: será una biografía novelada pero aún no puedo decir de quién es.

© Núria Escur, La Vanguardia, 23 de juny del 2010.

dissabte, 26 de juny de 2010

Una entrevista a la web d'El Cultural


“El éxito de Maletas perdidas debe mucho al entusiasmo de los libreros”
El escritor de Manlleu, Jordi Puntí, tiene a sus cristóbales revolucionados: cuatro hermanos separados y reencontrados a la búsqueda de un padre perdido que protagonizan Maletas perdidas (Empúries/Salamandra). La novela que revolucionó el último Sant Jordi acaba de alzarse con el premio Llibreter que otorgan los libreros catalanes a obra ya publicada en la categoría, nueva este año, de Literatura catalana. Los otros galardones han destacado a la norteamericana Elizabeth Strout, por Olive Kitteridge (Edicions de 1984/El Aleph), y al taiwanés Jimmy Liao por el álbum ilustrado La noche estrellada (Barbara Fiore Editora). El cuentista Puntí desea que el éxito de su paso a la novela tenga que ver con la implicación completa del lector en la peripecia de los cristóbales.

P.- Premio de los libreros y a obra publicada. Menudo honor, ¿no? ¿Andan los cristóbales contentos?
R.- Bueno, los cristóbales están que se salen y no paran de dar las gracias en sus lenguas. Gràcies! Merci! Danke! Thank you! Los libreros tienen un privilegio que es a su vez una responsabilidad: la de ser el primer lector de un libro. Por ellos, pues, pasan las primeras reacciones. El hecho que los libreros catalanes decidan recomendar Maletas perdidas es todo un honor. De alguna forma, es como si me traspasaran el privilegio.

P.- El premio Llibreter se concede para dar a “conocer a los lectores una obra que pese a su calidad literaria está pasando desapercibida”. No es exactamente su caso, ¿no? Las Maletas van como un tiro...
R.- Los miembros del jurado aclararon este detalle en la entrega del premio. Es cierto que Maletes perdudes no está pasando desapercibida, pero en la primera reunión del jurado -antes de Sant Jordi- ya se notó un cierto consenso. Yo me digo que si tuvo éxito por Sant Jordi fue gracias a la complicidad y el entusiasmo de los propios libreros, que la recomendaron mucho, y luego al boca-oreja (y no el boca a boca). En cierta forma, pues, es como si los efectos del premio se notaran antes del mismo.

P.- Y es la primera vez que se otorga bajo la modalidad de Literatura catalana. Eche piedras contra su propio tejado y de paso recomiéndenos: ¿a qué otros títulos catalanes recientes hubiera reconocido?
R.- Es complicado, porque el nivel es alto y seguro que me dejo a alguien. Pero si tomamos, por ejemplo, los libros que han aparecido este 2010, yo recomendaría La casa de gel, de Joan Pons; No hi ha terceres persones, cuentos de Empar Moliner, o la novela Bulevard dels francesos, de Ferran Torrent o el ensayo de Matthew Tree, Negre de merda.

P.- Ahora que, dicen, renace el cuento como género, un cuentista como Jordi Puntí triunfa con su primera novela. ¿Qué ocurrió?
R.- No estoy comprometido con ningún género. De hecho, pienso que cada historia tiene su forma ideal ya sea cuento o novela y hay que encontrar la mejor manera de contarla. De todos modos, tengo que admitir que los últimos cuentos que escribí en Animales tristes se alargaban peligrosamente, me costaba controlarlos, y creo que en algún caso ya se acercaban a la novela breve.

P.- Maletas perdidas cuenta una historia de aventuras, de búsqueda de identidad y conocimiento. “Una novela de caballerías”, la definió. ¿La han tomado así los lectores? ¿Qué sabe de su recepción?
R.- Creo que en algunos casos sí la han tomado como una novela de aventuras. La intención es que la novela tenga distintos niveles de lectura: el puro entretenimiento, pero también la reflexión. Cada lector se hace suyas las historias y decide cuales son las que le gustan más. En cuanto a la recepción, lo que más me gusta es cuando algún lector me dice: “Me habría gustado que no terminara nunca”, o también que se sentía muy cercano a los personajes. Me gusta la idea de que el lector se convierta en un cristóbal más, en uno de los hermanos que quiere saber más cosas de su padre. De aquí el narrador en plural: cuando lees nosotros, formas parte del grupo, del club de los cristóbales.

P.- Le veo muy activo en facebook con su perfil de Maletes perdudes. ¿Promoción o diversión?
R.- Bueno, no soy yo quien está en Facebook, sino los cristóbales. La cosa empezó como un medio de promoción, pero se ha vuelto una diversión. Cuando Francia quedó eliminada del Mundial, por ejemplo, Christophe escribió que su selección era una panda de impostores. Cada uno dice lo que le da la gana y además señalan películas, canciones u otros cristóbales que tengan que ver con Maletas perdidas.
Es divertido, sí..

© Daniel Arjona, El Cultural. Edició digital.

divendres, 25 de juny de 2010

Amb Elizabeth Strout


El recull de narracions Olive Kitteridge (Edicions de 1984) de l’escriptora nord-americana Elizabeth Strout, va merèixer fa uns dies el premi Llibreter 2010 en la categoria de literatura estrangera. Quinze dies abans, Jordi Puntí va coincidir amb Elizabeth Strout al Festival de Narrativa de Zagreb, a Croàcia. Aquesta foto, feta durant una recepció a l’ajuntament de Rijeka, és del dia en què els van comunicar a tots dos que havien estat guanyadors.

© Martina Kenji

dimecres, 23 de juny de 2010

Premi Llibreter!

Ahir el Gremi de Llibreters de Catalunya va fer públic que Maletes perdudes, de Jordi Puntí, ha guanyat el premi Llibreter 2010, en la categoria de Literatura Catalana.

Aquí teniu un moment de la roda de premsa.



Si voleu més informació del premi, podeu consultar la informació de Vilaweb...

Jordi Puntí i les seves maletes perdudes

dilluns, 24 de maig de 2010

Una ressenya al blog de “L’home cactus”

“Van passar tres hores, no exagero, durant les quals en Gabriel va plorar amb tots els registres possibles, com si així pogués resumir la seva vida al costat d’en Bundó. Va bramar com una criatura de bolquers que reclama el pit. Va plorar amb les llàgrimes de cocodril del nen que fa una marranada. Va plorar com un adolescent, somicant per les penes d’amor, i com un adult que s’empassa les llàgrimes i simula un refredat. Va plorar com es plora als cines, veient un drama en la foscor, i com es plora en un camp de futbol, a la vista de tothom quan el teu equip perd una final. (...)

”Van passar tres hores, dic. Si hagués recollit totes aquelles llàgrimes, les hagués dessecat i n’hagués extret la sal, hauria pogut condimentar per sempre més els àpats de la seva vida.

”La Rita continuava al seu costat. Feia molta estona que ella també s’havia posat a plorar (...). Aquell racó de la plaça Adrià era una vall de llàgrimes, un llagrimòdrom.”

Després de tres llibres de narracions, Jordi Puntí publica una novel·la, el projecte de la qual va rebre el 2003 el Premi Octavi Pellissa. Han estat, doncs, set anys ben bons de feina fins que ha arribat a les mans dels lectors Maletes perdudes. Al llarg de quatre-centes cinquanta pàgines, Puntí ens hipnotitza amb la història, o més aviat les històries, molt ben travades, de quatre germans, nascuts de mares diferents i en ciutats europees diverses, que busquen el pare desaparegut.

Pel que fa als personatges, el trio format per en Gabriel, en Bundó i en Petroli, camioners d’una empresa de mudances, esdevé entranyable, com ho poden ser els germans Torres de Gràcies per la propina de Ferran Torrent o el Mariano de Figures de calidoscopi de Ramon Solsona. També cal valorar les creacions del senyor Casellas o la senyora Rifà. Els quatre germans, en canvi, queden una mica desdibuixats; de fet, a bona part de la novel·la adopten una veu única per narrar-nos les peripècies del pare.

Per altra banda, el motiu de les maletes perdudes és una gran troballa i dóna al relat uns aires de novel·la picaresca. Serveix, a més, per crear complicitats entre els personatges. Una maleta perduda farà que en Gabriel i la Rita es coneguin i acabin descobrint l’afició que tenen en comú d’apropiar-se de maletes d’altri. A Maletes perdudes hi ha bones històries i grans moments, com el del llagrimòdrom que he transcrit al començament d’aquesta ressenya o el de la noia que, sota els efectes de l’LSD, cavalca tota nua un pura sang per la coberta d’un ferri que creua el Canal de la Mànega. L’únic però: l’episodi del rescat del pare, que m’ha semblat massa naïf, com de fireta. Finalment, Maletes perdudes acaba essent, com apunta Puntí en aquesta entrevista a Sies.tv, un llibre que “explica la Barcelona dels anys 70 i el contrast amb Europa”.

Si voleu seguir el blog de L’home cactus: aquí.

dissabte, 15 de maig de 2010

Entrevista a la Cadena Ser

La periodista Montserrat Domínguez, junt amb Óscar López i Manu Berástegui, van entrevistar en Jordi Puntí al programa A vivir que son dos días, de la Cadena SER. L’emissió va tenir lloc el dissabte 15 de maig des de la fàbrica de la SEAT a Martorell, que aquests dies commemora el 60 aniversari.

Aquí teniu la entrevista...







dimarts, 11 de maig de 2010

Entrevista a ‘Página 2’

Per commemorar que la tercera edició de Maletes perdudes ja és a les llibreries, vet aquí l’entrevista que Óscar López va fer a Jordi Puntí al programa Página 2, de La 2. Emesa el 27 d’abril.

Cliqueu aquí, l’entrevista comença cap al minut 5, però tot el programa val la pena:

Página 2

dimecres, 5 de maig de 2010

Una ressenya a ‘El ojo crítico’, per Pedro Galiano

De cómo construir a partir de lo insólito una historia creíble, de urdir una novela casi experimental en cuanto a profundidad de intenciones sin perderse en la vacuidad displicente para con el lector gracias a un aspecto formal comprensible y un lenguaje cercano, de dibujar sonrisas y enternecer sin aspavientos, de cómo entretener, de todo eso va “Maletas Perdidas”, una suerte de “road movie” escrita donde los coches descapotables y motos de alta cilindrada son sustituidas por un Pegaso haciendo mudanzas por media Europa conducido por tres curritos ajenos al contraste entre los tonos sepia del tardofranquismo y los colores vivos de la contracultura que espoleaba a la sociedad occidental fuera de nuestras fronteras. Un choque que el lector debe colegir a través de la rutina de los singulares empleados de La Ibérica S.A., por otro lado carentes de cualquier inquietud ideológica o intelectual que no sea la de vivir el día a día. De hecho, en algún momento Puntí parece sugerir que las revoluciones culturales y estéticas necesitan espaldas cubiertas y asignaciones paternas.
El protagonista, Gabriel Delacruz, es un joven desarraigado que no se hace preguntas, un escapista en una constante huída hacia adelante cuya consecuencia es una rocambolesca situación familiar: cuatro hijos de diferentes madres solteras repartidos en otras tantas ciudades europeas. Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol (los “cristóbales”) viven en Fráncfort, París, Londres y Barcelona respectivamente sin saber los unos de los otros hasta que el destino les reúne en la catártica misión de reconstruir el periplo vital de su desaparecido padre común. Un encuentro fortuito que sirve a Puntí de vehículo para utilizar brillantemente cuatro voces narradoras que se alternan como los solistas de un grupo en una trama que va enredándose sin dispersiones por medio de múltiples secundarios con entidad propia, todos ellos confabulados para enriquecer un relato que no queremos destripar y que recomendamos encarecidamente.

Pedro Galiano, pàgina web d’El ojo crítico. L’enllaç, aquí.

dilluns, 26 d’abril de 2010

Una entrevista a ‘El Punt’ i l’‘Avui’

Escriure és sempre aprendre a escriure”

Avui Jordi Puntí (Manlleu, 1967) celebra el seu sant, però també celebra que té novel·la per signar. Maletes perdudes és la primera que escriu. Després del ressò dels seus llibres de relats curts Pell d’armadillo i Animals tristos hi havia expectativa per veure-la enllestida i al carrer. Amb Maletes perdudes va guanyar el premi Octavi Pellisa de 2003 destinat a projectes literaris. El llibre tracta de quatre germans fills d’un mateix pare però de mares diferents que viuen a diversos països d’Europa -els cristòfols-, que decideixen anar a la recerca del pare.

Com va néixer el llibre?
El relat sorgeix de conjuntar diversos elements. Tenia la imatge d’un pare amb fills escampats arreu del món. M’agradava la imatge d’una noia que roba maletes en un aeroport... Però també em seduïa el món de les mudances internacionals, que jo mateix he viscut.

L’acció se centra als darrers anys del franquisme i no a la guerra civil...
Ja fa uns quants anys que la guerra civil i la postguerra serveixen per explicar històries d’herois. Sobretot després del fenomen de Soldados de Salamina. Jo he provat d’explicar una història d’antiherois. Els meus personatges van tan collats per la feina que no tenen temps a ser antifranquistes. Si ho són, és de manera passiva, o per interessos personals.

No va darrera de l’èpica?
La literatura sol fixar-se en personatges excepcionals. Jo he triat gent molt normal. En Bundó, per exemple, tot i que és fill d’una persona que van afusellar al Camp de la Bota, no deixa de ser un camioner senzill.

Aquesta normalitat el porta a no posar cursives quan els personatges parlen en castellà?
Provo de reflectir la realitat. M’agrada integrar amb normalitat els moments que els personatges s’expressen en castellà.

Els personatges seran corrents, però el què viuen és una mica surrealista?
El que viuen té raó de ser dins del llibre. Té sentit en un món tancat. És versemblant perquè els narradors ho expliquen així, i no d’una altra manera. Podem dir que no és una història realista... Tot i que a Saragossa em van preguntar si m’havia inspirat en la vida del boxador Perico Fernández, que va tenir tres fills de tres dones i a tots els va anomenar Pedro.

Hi ha moments que m’ha semblat estar llegint Enid Blyton.
Els cristòfols són quatre germans que, quan es troben per buscar el seu pare, passen dels 30 anys. Com que no havien estat mai junts ni es coneixien, per ells significa un retorn a la infantesa. Per això ara juguen. Juguen a fer d’investigadors, d’aventurers. La seva mirada dóna al llibre un to optimista. El drama queda diluït perquè els ulls són de nen que necessita disfressar la realitat.

Quina diferència troba entre la novel·la i el relat curt?
En cada llibre busques la teva veu, que en cada obra és diferent segons els que vols explicar. Escriure un conte és anar a una pedrera i picar fins que et surt alguna cosa. Fer un novel•la és un procés més complex.

Escriptor, periodista, traductor?
Crec que escriptor ho engloba tot, però més que escriptor, que ho sóc, perquè cada mati em llevo i em poso a escriure, em sento narrador, fabulador. Escriure, que no és ben bé el mateix que fer llibres, és ser un investigador de la llengua. Pensar i repensar el que escrius.

I a Catalunya què és ser escriptor?
A Catalunya ser escriptor encara té un prestigi social, perquè el territori és petit i les influències van barates. Per alguns un escriptor és una persona important que se suposa que té opinió per tot i que ha d’incidir en la societat. A vegades em demanen el parer de coses que no en tinc ni idea. Això no passa a gaires llocs, diria.

Què en pensa de la literatura catalana?
Tot i que el nivell en general és molt bo, trobo que peca de conformista i massa autoreferencial. Sempre estem parlant del mateix, de les nostres quatre cosetes...

Què hi ha d’aquestes «cosetes» a Maletes perdudes?
No ho sé. Jo he volgut escriure una novel·la poc tradicional catalana, que no passa només a Catalunya, sinó que surt a fora. Un dels referents seria la literatura medieval, el Tirant lo Blanc: algú que s’enfila dalt d’un cavall i surt a l’aventura, a córrer pel món. Com els camioners de Maletes perdudes que pugen al Pegaso i enfilen cap a Europa i els passen coses. Si et mous, sempre te’n passa alguna per explicar.

Li agradaria fer un viatge amb un camió de mudances?
La veritat és que sí. Ja hi ha qui m’han proposat fer-ho per escriure un article.

© Jaume Vidal, El Punt/Avui, 23 d’abril del 2010.



dissabte, 24 d’abril de 2010

Una entrevista a ‘El Cultural’

Jordi Puntí (Manlleu, 1967) brinca del cuento a la novela en Maletas perdidas (Salamandra). Pero el salto data de hace ocho años, tal es el tiempo fatigado en una obra espléndida que ha engatusado a lectores y críticos. Puntí da fe de la dificultad de la escritura de larga distancia, ironiza sobre las efusiones de Sant Jordi y recela de los grupos literarios organizados.

PREGUNTA: ¿A quién regalará hoy una rosa y Maletas perdidas?

RESPUESTA: Una rosa a mi chica, y Maletas perdidas a mi primo venezolano.

P: ¿Qué es Sant Jordi?

R: Es el día del Libro y en algunos casos coincide que además el libro es literario.

P: ¿Se leen los libros que se compran en Sant Jordi o sólo se regalan?

R: Habrá de todo, supongo. El día siguiente, el 24, da gusto viajar en metro porque todo el mundo está leyendo. Parece otro país. La lástima es que cuando terminan el libro regalado, muchos no compren otro. Es como si dijeran (voz de alivio): “Bueno, ya está leído, ahora hasta el año siguiente”.

P: ¿Se plantea exigir un compromiso de lectura al dedicar el ejemplar?

R: Me conformo con que lean las primeras 20 páginas y se metan en la historia. Luego los cristóbales, los cuatro hermanos narradores, echan el resto.

P: Le robo la pregunta a un gran cuentista (Borges) para un excuentista reconvertido a la novela: ¿a qué fatigarse?

R: No crea, a veces lo que fatiga es podar y podar las historias para que el cuento quede esbelto. Esta vez me apetecía dejar que las ramas fueran creciendo, para andarme luego por ellas sin peligro de caer.

P: ¿Por qué el perezoso lector español no lee cuentos y sí novelas?

R: Por tradición, diría. O porque se publican más novelas que cuentos. O porque el tópico dice que los cuentos no venden y la mayoría de editores no se arriesgan a comprobarlo.

P: Tardó ocho años en escribir el libro... ¿No se acababa de llenar la maleta o más bien hubo que apretar para cerrarla?

R: No se cerraba, no. Aunque fuese un modelo king size, no había forma de que entrara todo lo que quería contar. Al final incluso algún personaje se quedó fuera, pero no pasa nada. Habrá más viajes.

P: ¿Piensa impacientarnos otros ocho años?

R: Espero que no, más que nada por mi salud mental. Es cierto que cada historia tiene su ritmo, pero en esta primera novela estuve un poco inseguro. Además, la contaban cuatro narradores al mismo tiempo, y alimentar cuatro bocas lleva mucho trabajo.

P: Cuatro hermanastros persiguen la memoria de un padre desaparecido y nómada. ¿Qué buscan en realidad?

R: Los cristóbales buscan a su padre para capturar el pasado y así entender quiénes son. Poco a poco, la necesidad se convierte en un recreo. Las horas que no jugaron juntos porque no se conocían, las recuperan ahora: los hermanos investigan, se disfrazan, espían, cantan, roban...

P: ¿Es Maletas perdidas una de aventuras?

R: Sí. Me gustaba la idea de situar a mis camioneros en una especie de novela de caballerías: el caballero subía al caballo y salía a la aventura por tierras extrañas. Mis personajes suben al Pegaso -un caballo alado-, cruzan la frontera y les suceden cosas curiosas. El movimiento siempre genera aventura.

P: ¿Ocurren pocas cosas en la literatura española de hoy?

R: ¿Ocurren pocas cosas? Nunca lo había pensado. Quizá el problema es que se está disociando la forma y el contenido. Las novelas donde ocurren cosas descuidan el estilo, mientras que las que se preocupan por la forma se obsesionan en sorprender e innovar y pierden pie con la realidad.

P: Creo que no le entusiasma la experimentación de la nueva vanguardia nocillista.

R: Hombre, no se puede generalizar y además no los he leído a todos. Me ha divertido alguna de sus novelas, pero desconfío de los grupos organizados, porque siempre esconden a algún impostor que se aprovecha del asunto. Ah, y yo no lo llamaría vanguardia.

P: ¿Es el eBook el dragón que amenaza al Sant Jordi del futuro inmediato?

R: Si las profecías se cumplen, Sant Jordi será una de las víctimas, eso seguro. No me veo yo firmando ejemplares digitales, garabateando unos píxeles de más en la primera página del eBook.

Entrevista de Daniel Arjona per a ‘El Cultural’, El Mundo, 23 d’abril del 2010.
© de la il·lustració, Gusi Bejer.

dissabte, 10 d’abril de 2010

Entrevista al ‘Qwerty’

El periodista David Guzmán va entrevistar Jordi Puntí al programa de llibres Qwerty, de Barcelona TV, emès el dijous 8 d’abril.

Podeu seguir la conversa aquí:

El sofà taronja...

dilluns, 5 d’abril de 2010

‘Carretera i manta’, per Jordi Nopca

[article publicat a la revista Time Out]

Maletes perdudes es comença a llegir amb calma, es continua amb un somriure tímid als llavis –que cap a la meitat se’n va directe al congelador– i s’acaba entusiasmat, tot i que amb el punt de llàstima imprescindible per haver d’abandonar la colla de personatges que hi trobem. “Les primeres notes per al llibre les vaig fer el febrer del 2003 –explica Jordi Puntí–. Els dos primers anys escrivia amb certa indolència, però des del 2005 i fins l’any passat hi vaig dedicar quatre hores diàries”.

Puntí es va estrenar amb el llibre narracions Pell d’armadillo (1998). Quatre anys després va arribar un segon capítol de narrativa breu, Animals tristos, i va ser llavors que Puntí va descobrir l’instint novel·lístic: “Els dos o tres últims contes que vaig escriure a Animals tristos se m’allargaven molt, i em vaig adonar que el meu estat normal no era la contenció, sinó deixar-me anar: una història n’obria una altra, i així successivament. Em vaig decidir a fer el pas amb només unes quantes idees al cap: a partir d’una lectura de la novel·la A la gàbia de Henry James, vaig decidir que m’interessaria explorar la vida d’algú que treballa a la secció de maletes perdudes de l’aeroport; més endavant, una mudança d’Alemanya fins a Barcelona em va permetre conèixer tres transportistes turcs. Per una banda, els veia molt derrotats i tristos, però a la nit els vaig convidar a sopar i vaig descobrir que la consciència de viure una vida molt dura es combinava amb l’orgull per la seva professió”.

A partir d’aquesta vivència, Puntí es va inventar tres transportistes barcelonins que recorren l’Europa dels anys seixanta: en Bundó, en Petroli i en Gabriel Delacruz; aquest últim és el gran personatge absent de la novel·la, del qual anem sabent les peripècies a mesura que avança la investigació peculiar i entranyable dels seus quatre fills, engendrats en països diferents i que únicament comparteixen nom amb petites variacions gairebé declinatives: Christof, Cristopher, Cristophe i Cristòfol.

Novel·la mòbil: clac i rum!
“Volia explicar la història d’algú com en Gabriel, un personatge es mou sempre però que un dia es queda quiet”, ens diu Puntí. Abans que la immobilitat s’apoderi de Gabriel coneixem retalls d’aquella cultura prohibida a l’Espanya franquista: l’escena en què aconsegueix combinar les experiències psicotròpiques d’una noia embarassada que els transportistes acompanyen a Londres perquè avorti, la tensió d’una partida de cartes i la trobada urgent entre en Gabriel i la infermera Sarah és el cim d’aquestes interrelacions plantejades sempre amb colors clars: “Les novel·les que m’agraden són construccions d’un món que té sentit internament: potser una mirada profana no el trobaria versemblant, però a través de la creació de l’estil aquesta versemblança s’acaba aconseguint”. Bona part dels escenaris del llibre acostumen a ser llocs de trànsit, igual que els seus personatges: la pensió de la senyora Rifà, el prostíbul francès, els casals espanyols on en Petroli va a conèixer dones de certa edat... “Mentre feia la carrera de filologia romànica –diu Puntí– vaig llegir molta novel·la cavalleresca, i això em va fer pensar que mentre els cavallers sortien a l’aventura amb el seu cavall, els protagonistes del llibre ho feien amb el camió de mudances –un Pegaso– i a partir d’aquí, sortint a l’aventura, els passaven coses”.

© Jordi Nopca, Time Out Barcelona, 4-10 de març del 2010.

dissabte, 3 d’abril de 2010

‘Maletas perdidas’, per Ricardo Senabre

[Ressenya publicada al suplement ‘El Cultural’ d’El mundo]

El escritor catalán Jordi Puntí (1967) tenía ganado, gracias a un par de volúmenes anteriores, un bien merecido crédito como autor de cuentos. Con Maletas perdidas se ha internado en la más compleja estructura de la novela larga, y lo ha hecho con enorme fortuna, porque ha aprovechado su capacidad para el relato breve y la anécdota y, sin renunciar a estos rasgos, los ha englobado en una unidad superior que agrupa lo diverso y le da sentido. Porque Maletas perdidas puede entenderse como una suma de narraciones complementarias orientadas en la misma dirección: reconstruir la vida del desaparecido Gabriel Delacruz, empleado durante más de veinte años de una empresa de transportes catalana para realizar mudanzas por varios países de Europa. De sus encuentros ocasionales con distintas mujeres, Gabriel ha dejado cuatro hijos en otras tantas ciudades europeas: París, Londres, Francfort y Barcelona. Todos responden al mismo nombre de pila –Cristóbal– en sus diversas modalidades idiomáticas.

Todos tienen el recuerdo de aquel padre fugaz y evasivo –que aparecía muy de tarde en tarde por casa según el azar de los viajes– transmitido por sus respectivas madres, y cuando, pasado el tiempo, deciden reunirse y conocerse, acuerdan sumar sus conocimientos, indagaciones y noticias para recomponer la figura del padre y, si es posible, dar con él. Esta reconstrucción, que tiene mucho de búsqueda detectivesca, de análisis de pistas y huellas borrosas, es la que permite sumar armónicamente versiones parciales de los hechos, testimonios de procedencia dispar, sucesos que podrían dar lugar a relatos independientes, como la historia de Rita y sus padres, la de Bundó y su amor francés, el episodio de Anna en el ferry de Dover, la historia de Petroli y otras, que enriquecen la novela y le proporcionan variedad, a la vez que permiten añadir oportunos toques acerca de la vida europea de la posguerra. Si se acepta, en virtud de un pacto narrativo implícito, el punto de partida –el hermano que busca a los demás y el empeño común que acaba por unirlos–, el desarrollo de la historia es impecable, está repleto de imaginación y saca al lector de sus casillas (que es lo mejor que puede hacer una novela) para introducirlo en un mundo donde los personajes no son muñecos, sino figuras humanas de profundo calado sentimental: el distante señor Casellas, la maternal señora Rifà, la dubitante Carolina, Petroli, Bundó, Rita, con su conmovedora creación de tía Matilde e impulsada por la búsqueda del hombre ideal, y algunos otros tipos son ejemplos de cómo seres anodinos y sin relieve pueden convertirse en individuos interesantes con vida propia. Todo esto prueba que Maletas perdidas es una excelente novela, de las que no abundan, y que Jordi Puntí no debe ser considerado, sin más, un buen autor de cuentos, sino que tiene el talento suficiente para abordar con ventaja cualquier historia larga.

No conozco la versión catalana de la novela. En esta traducción se advierten errores de concordancia (“el cataplasma”, p. 48; “las miles de horas”, p. 354; “las antípodas”, p. 424), algún uso equivocado (“palidecer” con valor transitivo, p. 20), junto a ciertos anglicismos de moda (“punto de no retorno”, p. 209); “¿sabes qué?” [por '¿sabes una cosa'?], pp. 236, 389). También convendría podar algunos catalanismos y “falsos amigos”: “aguantar” por ‘sostener, sujetar' (pp. 257, 340, 354), la forma interjectiva “¡va!” por ‘¡venga, vamos!' (pp. 207, 249) o fórmulas como “no sufras” por ‘no te preocupes' (p. 259). Nada, en suma, que no pueda corregirse con facilidad (aunque debió hacerse en su momento). Lo importante es que nos encontramos ante una novela destacable por méritos auténticos; algo que no puede diagnosticarse con justicia todas las semanas.

© Ricardo Senabre, ‘El Cultural’, El Mundo, 2 de abril del 2010.

dimecres, 31 de març de 2010

'Maletes perdudes', al Telenotícies Nit

I en Jordi Puntí convertit en camioner per un dia...

dilluns, 29 de març de 2010

Aquest dijous, tertúlia literària



Aquest dijous 1 d’abril, a la Biblioteca Jaume Fuster,
tertúlia literària del cicle

Vine a fer un cafè amb...

El periodista Albert Lladó i Jordi Puntí parlaran de

Maletes perdudes


L’acte començarà a les 19 hores.
Biblioteca Jaume Fuster,
plaça de Lesseps, 20-22

Més detalls, aquí.



diumenge, 28 de març de 2010

‘Historia del padre’, per Daniel Gascón

[Ressenya a Heraldo de Aragón]

Los cuatro hijos de Gabriel Delacruz viven en distintos países de Europa. No saben de la existencia de sus hermanos y no han visto a su padre en décadas. Cuando la policía lo da por desaparecido se conocen y empiezan a bucear en el pasado de Gabriel. Este es el detonante de Maletas perdidas (Salamandra, 2010), la primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967), que ha publicado los libros de relatos Piel de armadillo (Salamandra, 2001) y Animales tristes (Salamandra, 2004).

Los cuatro hijos –Christof, de Fráncfort; Christopher, de Londres; Christophe, de París y Cristòfol de Barcelona– reconstruyen la vida de un hombre esquivo y aficionado al juego, que se crió en la Casa de la Caridad de la Barcelona y trabajó en una empresa que realizaba mudanzas por Europa en los años 60 y 70. “La paradoja, al fin y al cabo, es que una vida tan solitaria como la de Gabriel pueda haberse trenzado con tantas personas distintas”, dicen los cristóbales, que cuentan a veces por separado y a veces como un coro los romances más bien accidentales de Gabriel con sus cuatro madres y su propio recuerdo misterioso y fugaz. La búsqueda de Delacruz les lleva hasta personajes fascinantes, como Petroli, un transportista aficionado a las reuniones de exiliados y a las mujeres mayores; la señora Rifà, que regentaba la pensión donde vivía Gabriel; o Bundó, su compañero inseparable, el apasionado de las prostitutas que se enamoró locamente de una de ellas.

Maletas perdidas es la historia de una investigación, la descripción de un personaje que siempre tiene un secreto inesperado y un retrato dickensiano y picaresco de la Barcelona de posguerra, con pensiones, tiendas de barrio y familias nacionalcatólicas, pero también es una novela europea. Los viajes de Bundó, Gabriel y Petroli les sacan de la España fosilizada del franquismo y les ofrecen una visión lateral de los cambios de la Europa democrática, de la libertad, las drogas y la música en Inglaterra o de mayo del 68 en París.

“Reducimos la vida a unas cuantas palabras, la simplificamos, pero su auténtico sentido es complejidad, contradicción, incertidumbre”, dice Cristòfol, antes de pedir “perdón por la filosofada”. Pero Puntí parece hacerle caso: arma una novela rica y poderosa, llena de detalles, simetrías y episodios brillantes. Los objetos impulsan el relato y producen emociones: desde el Pegaso que conducen los transportistas hasta los naipes que Gabriel esconde en su chaqueta, pasando por los juguetes que regala a sus hijos. Maletas perdidas también logra la verosimilitud a través de pequeños rituales, como los turnos de los camioneros, los cuentos eróticos que Bundó y Gabriel escribían en su adolescencia o los informes sobre el reparto de los hurtos que realizaban sistemáticamente en las mudanzas. El estilo juguetón y la narración arriesgada y hábil –que mezcla el humor y la tragedia, los sentimientos y el enigma familiar, lo extraordinario y el costumbrismo, el presente y el pasado– recuerdan a John Irving o Rushdie, y su rigor estructural y la potencia de lo que cuenta muestran a un novelista con una formidable capacidad de fabulación y persuasión.

© Daniel Gascón, Heraldo de Aragón, 25 de març del 2010.

‘Les veus del ventríloc’, per Lluís Muntada

[Ressenya al ‘Quadern’ d’«El País»]

Amb els aplecs de relats Pell d’armadillo (1998) i Animals tristos (2002) Jordi Puntí (Manlleu, 1967) assentava una prosa caracteritzada per la nitidesa i per la capacitat de subratllar les fractures de la quotidianitat. A través d’una elaborada economia formal aquells dos llibres materialitzaven un efecte de diorama, en què el lector, empès pels moviments més subtils de les proverbials inèrcies domèstiques, a poc a poc descobria que estava en el cor d’algun dels bucles capitals de l’existència humana: la soledat, el desnivell entre expectatives i realitat prosaica, o el reconeixement serè de la impossibilitat de transformar res.

En un arc de renovació expressiva tensat primordialment per Pere Guixà, Francesc Serés i el mateix Puntí, apareix ara Maletes perdudes (en castellà, Maletas perdidas, a Salamandra), la primera novel·la d’aquest autor, una obra extensa i intensa, pausada i frenètica, ampliació apoteòsica i refinament sobri dels atributs narratius ja apuntats en aquells dos llibres de contes.

Maletes perdudes. Imaginem un John Cheever sense l’àcid del sarcasme, un hàlit de la gradual conquesta dels espais buits i del no-res que Pierre Michon assaja a Vidas minúsculas, una ombra de la vivisecció freda i impersonal que Georges Perec exposa a Les coses..., imaginem totes aquestes referències i entendrem part dels elements que alenen aquesta monumental novel·la-riu, que amb una estructura compositiva molt ben travada permet que la majoria de capítols tinguin autonomia narrativa sense que per això vegin compromesa la seva funcionalitat orgànica a l’hora de teixir la trama general de l’obra.

Des de l’inici de la novel·la es fa explícit un exercici de prestidigitació amb tocs de dramatúrgia novel·lesca: quatre germans (Christof, Christophe, Christopher i Cristòfol) fills de mares diferents —nascuts a Frankfurt, París, Londres i Barcelona respectivament—, busquen el seu pare, Gabriel Delacruz Expósito, a qui no veuen des de fa tres dècades i a qui la policia dóna per oficialment desaparegut. Amb un trànsit narratiu associable al joc de les nines russes, els quatre germans es coneixen al pis barceloní del pare, on han estat citats.

En una articulació de veus que deriva cap a un barroc molt àgil, amb constants canvis de perspectiva, cadascun dels germans presenta la seva singladura particular, i tot sota la poderosa influència d’un pare erràtic, que amb prou feines va estar al seu costat quan ells eren infants. A partir d’aquí, per mitjà d’una estructura d’al·luvió que permet encaixar els esdeveniments fins a adoptar un viratge detectivesc a la segona part de la novel·la, els quatre cristòfols intensifiquen un atzar lògic i, per reconstruir els avatars d’un pare agegantat pel seu escapisme, presenten les seves vides en una cadena d’accidents raonables. Gabriel, treballador de la companyia de mudances internacionals La Ibèrica, va recórrer —al costat dels seus entranyables amics Bundó i Petroli— la lluminosa Europa en plena nit franquista.

Amb un zel extrem per no caure en l’afectació ni robar emocions al lector, la novel·la narra la soledat, l’orfenesa, la plenitud vital i una alegria contrastada pel desarrelament que pateixen una galeria d’immigrants espanyols arreu d’Europa que fan pensar en el volum moral de la magnífica sèrie titulada Els castellans, que aquest escriptor va publicar no fa pas gaire a la revista L’Avenç.

En un incessant joc de mans narratiu que alterna simulacions, confusions, simetries, canvis de nom, imatges reduplicades en el mirall, ties imaginàries, ventriloquia i orientació coral, els personatges es multipliquen des del seu mateix interior i, a través de la riquesa equívoca d’unes veus deliberadament ambigües, es construeix el fantasme precís de Gabriel, admirable barreja d’alleujament còmic, tragèdia, i metàfora especular del ciutadà mig de la postguerra.

En una prodigiosa catenària narrativa, les imatges es textualitzen i la novel·la s’aploma en objectes que tenen la propietat de capturar l’essència de la vida: un vell Pegaso, una carta amb el rei de cors, un colibrí dissecat, una maleta de cartró, una perruca, o un quadern de furts cobert per la neu.

Retrat sociològic del franquisme, equilibri entre dolor i felicitat, màgia natural nascuda del malabarisme tècnic, recerca dels orígens, control i passió, enaltiment de la condició del lector, llibre de riquesa polièdrica, Maletes perdudes funda una mitologia, una saga de la nostra memòria esvaïda, un perdurable catàleg literari d’éssers i estars, de fugides i captures, d’ambigüitats i certeses conquerides des d’una literatura insubornable.

© Lluís Muntada, ‘Quadern’, El País, 4 de març del 2010.

dimecres, 17 de març de 2010

Una entrevista a la ràdio amb Jordi Puntí

Entrevista de Montse Virgili al programa Cabaret elèctric, d'iCat fm.

Escolta-la aquí:

iCat fm

dimarts, 16 de març de 2010

‘El mismo recuerdo’, per María José Obiol

[Ressenya a ‘Babelia’, El País]

Lees y presencias una despedida. En la cocina desayunan un niño y sus padres. Amanece. Después se escucha un claxon. Bundó y Petroli, los amigos y compañeros del padre saludan desde la cabina del camión ¿o sólo lo hace él cuando el Pegaso se pone en marcha? Conducen un camión de mudanzas con itinerario europeo. Pienso en esa imagen que la lectura me devuelve. Una familia despidiéndose. La madre, el padre y el niño. Pero el narrador señala edades: entre los tres y los siete años. Me he equivocado. Vuelvo a leer. La madre regresa a la cama con su hijo. El padre ya ha dicho adiós. Todos tenemos el mismo recuerdo. Eso dicen los cuatro. ¿Qué cuatro? Los cuatro hermanos que veintitantos años después se conocerán y reconocerán y juntos intentarán averiguar qué ha pasado con su padre. El mismo para todos. También los mismos cuentos, la misma mirada, el mismo adiós. Los hijos: Christof (Francfort), Christopher (Londres), Christophe (París) y Cristòfol (Barcelona). El recuerdo del Pegaso con Bundó y Petroli en la cabina para los tres primeros. Gabriel Delacruz se llama el padre. Sigrun, Mireille, Sarah y Rita, las respectivas madres.

Apenas empieza esta estupenda novela de Jordi Puntí (Manlleu, Barcelona, 1967) y ya se ha instalado el deseo de despejar las brumas de una desaparición o de una huida. Confieso admiración por la recuperación de hechos nimios que nos llevan de un lugar a otro, de unos brazos a otros abrazos; también curiosidad por el hallazgo de vestigios que calladamente se van incorporando al recuerdo y por la suma de detalles que parecen insignificantes pero que refuerzan memoria. En Maletas perdidas se recompone el tejido del tiempo con escenas resplandecientes y quien lee habita la novela de manera apasionada. Hay una transparente naturalidad en ir de aquí para allá en la historia que es una y tantas. Estoy en los años cuarenta: niños en la Casa de la Caridad. Hijos de represaliados. Gabriel abandonado, el mercado del Borne. Leche que se amamanta y que huele a bacalao. Escritura en el orfanato. Imágenes. Llego a los sesenta y setenta, donde se desarrolla gran parte de la novela. El enigmático Gabriel, el bondadoso y afable Bundó (siento debilidad por Bundó), el pragmático Petroli. Viajes, pensiones, casas donde se desbaratan muebles para su traslado. Vidas nómadas, pero rutinarias y sosegadas en su ajetreo de miles de kilómetros. Mayo Francés, canciones en las casas de españoles en Alemania, barrios obreros en Londres y el hervidero de una Barcelona desatándose de ligaduras. Y la voz que narra que no es una sino cuatro, hablándole a esta lectora que sabe sin saber, desconcertada al no tener siempre la certeza de cuál de los cuatro cristóbales habla. Son hijos buscando sin melancolía, demasiado jóvenes para añorar, y aunque se trate de personajes trascendentes, póquer de ases de un avezado jugador (Gabriel Delacruz y el propio escritor), el auténtico protagonismo está en Gabriel, Petroli y Bundó. Como si fueran cómicos representando una y otra vez la misma obra, pero con esa profesionalidad del que sabe hacer de cada mudanza una función distinta. Por eso Puntí, ¡qué bien lo ha contado!, ha decidido abrir maletas y cajas de mudanzas para descubrir lo que contienen y así internarse en nuevos caminos. Porque cerrarlas, el protagonista buscado lo sabe, es sufrir aluminosis en el recuerdo y necesidad de apuntalarlo. Maletas perdidas es apasionante. No se la pierdan.

© María José Obiol, ‘Babelia’, El País, 13 de marzo del 2010.

dissabte, 13 de març de 2010

Un article de Sergi Pàmies a 'La Vanguardia'

Al promocionar su novela Maletes perdudes, el escritor Jordi Puntí ha declarado: “Los adverbios son refugio de cobardes”. Hace unos años, Josep Maria Espinàs se despachó contra los adjetivos por considerarlos casi siempre innecesarios. Dos escritores que admiro, pues, marcan el camino. ¿Qué ocurrirá si, mañana, otro crack de las letras la emprende contra los verbos? Desde que leí a Espinàs, intento contener mi tendencia al adjetivo fácil pero no lo consigo. Es difícil y, por muy de acuerdo que estés con la argumentación de Espinàs, tiendes a rebelarte y a decidir que, si existen, será para utilizarlos, ¿no? Ahora Puntí me complica las cosas. Ya no se trata sólo de ser redundante sino cobarde, una acusación que, por suerte, no se expresa a través de un adjetivo sino, entiendo, de un rotundo sustantivo.

Supongo que Puntí se refiere más al abuso que al uso. En efecto, los adverbios pueden esconder una carga pirotécnica que refuerza más la vanidad del narrador que la efectividad de su relato. Pero cuidado: grandes clásicos de nuestra literatura han practicado el adverbio con cierta alegría. Josep Pla es conocido por, entre otras cosas, soltar adverbios extravagantes. En Pla, que tenía otras virtudes, este ramalazo constituye una anécdota, pero entre los que insisten en imitarle es una plaga (ya lo dijo Picasso: “Bienaventurados mis imitadores porque heredarán mis defectos”). Elijo un artículo de Pla al azar, titulado Vells, incessants records. Primera frase: “És molt possible que Grècia hagi estat el país del solar europeu més ditiràmbicament tractat en el curs dels dies”. Ese “ditiràmbicament”, ¿hay que considerarlo un acto de cobardía? De exhibicionismo, quizá, de no poder resistir la tentación de ponerse estupendo, también. Pero cobardía es una palabra mayor.

Se da la circunstancia de que Pla también es famoso por su uso de los adjetivos. Aplicaba el mismo criterio que con los adverbios: sorprender con calificativos que, en principio, no parecían destinados a según qué sustantivos. Sin embargo, lo esencial de Pla no lo encontraríamos ni en la originalidad de su adjetivación ni en la pirotecnia de sus adverbios y sí, en cambio, en su sentido de la observación, su facilidad para perorar sobre cualquier cuestión, su acierto en la elección de los ritmos e ingredientes descriptivos y una tendencia a la afirmación categórica tan amena como temeraria. Y, como le ocurre a Pla con muchas de las afirmaciones con las que encabezaba sus artículos, todo acaba siendo discutible y, al final, hay tantas excepciones para cada regla que generalizar se convierte en un pasatiempos.

Por suerte, ni Espinàs ni Puntí han llevado sus antipatías respectivas hasta el límite y ambos se permiten utilizar adjetivos y adverbios. Eso sí: sólo los que son estrictamente necesarios, por decirlo con un adverbio y un adjetivo.

© Sergi Pàmies, La Vanguardia, 12 de març del 2010.

diumenge, 7 de març de 2010

Una entrevista a 'La Vanguardia'

“MI OBRA ES UNA APUESTA POR LA FABULACIÓN”

La primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967) había despertado expectación desde que en el 2003 ganó la beca de creación literaria Octavi Pellissa. La larga espera ha valido la pena, ya que Maletes perdudes (Empúries; versión castellana en Salamandra) es una obra de gran ambición literaria y planteamiento original. Puntí –cuyos libros de relatos Pell d'armadillo y Animals tristos han sido celebrados por la crítica, traducidos y, el segundo de ellos, llevado al cine– plantea las historias cruzadas de cuatro hermanos (Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol), hijos de cuatro madres distintas y que viven en Frankfurt, París, Londres y Barcelona. Un día descubren que son hijos de un mismo padre, transportista de mudanzas, y deciden buscarlo. Los derechos de la obra ya han sido vendidos al francés y al alemán.

¿Cómo se le ocurrió esta variación de una novia en cada puerto?
La novela tiene muchos puntos de partida. Por una parte, quería hablar de una persona que estuviera siempre en movimiento. También me interesaba lo que supone ser hijo único, sobre todo cuando eres pequeño. Aquí, casi todos los personajes lo son. Y quería explicar una historia de antihéroes. Se ha hablado mucho de los héroes de la Guerra Civil y del franquismo. Pero la inmensa mayoría de la clase trabajadora estaba atenazada durante la dictadura por múltiples problemas y encarnaban un antifranquismo pasivo.

¿Por qué eligió a los camioneros?
Una vez tuve ocasión de hablar con unos camioneros turcos que hicieron una mudanza desde Alemania hasta aquí. Su trabajo es muy duro. Además, a mí me atraía la idea de que alguien, en pleno franquismo, pudiera salir del país y entrever otros mundos –París, Londres, Frankfurt– que en aquel momento nos parecían más atractivos.

¿Quiso escribir una road movie de aventuras?
Sí, me gusta la idea de las aventuras, que ocurran cosas. La obra es una apuesta por la fabulación. Y también el intento de romper una cierta tendencia de hablar de nosotros. En este sentido, quiere ser un relato transnacional, que sale fuera de nuestras fronteras.

En él cuenta muchas historias. ¿Ha sido difícil ensamblarlas?
Este es el trabajo del novelista. Con los cuentos, empiezas y acabas, y luego los olvidas. Pero aquí he tardado más, por inexperiencia. Me costó el trabajo de encajar y equilibrar las escenas y los personajes. Pero al final hay una mayonesa que lo liga todo, que es la confianza en el instinto fabulador.

A diferencia de los insatisfechos personajes de Animals tristos, los de Maletes perdudes parecen felices.
Es que el libro tiene voluntad de optimismo. Explico unas situaciones que no son fáciles, y una época, los años 50, 60 y 70, también difícil. Pero trato de verlas desde la cara soleada. Y los personajes son felices a su manera.

Da la impresión de que importa más el trayecto que la resolución final.
En efecto, el trayecto es lo más importante. Yo quiero llevar al lector hasta el final. Pero también que se lo pase bien en el viaje: a través del relato de los propios hermanos, del libro inventario de las maletas que roban, del testimonio de las madres... A través del estilo y la manera de explicar, creo que puedes hacer verosímiles las cosas. Cuando escribía tenía en mente a Dickens, a Irving, y también Los hijos de la medianoche de Rushdie. Como se dice en un momento del libro, las vidas, en el momento de vivirlas, no tienen sentido. Se lo damos después, cuando las explicamos. Y la vida de Gabriel, el padre, cobra sentido a partir del relato de todos los que le conocieron.

Pero es una historia de soledades.
Cada hermano, en su solo narrativo, muestra las secuelas y la inseguridad de ser hijo único. El alemán lo realiza en diálogo con un muñeco de ventrílocuo: es la no aceptación de la soledad, el amigo invisible que le permite rebelarse sin ser él mismo.

Las maletas sustraídas de las mudanzas contienen objetos personales que conservan el pasado, “reliquias que nos protegen del olvido”, escribe.
Cuando creces solo, juegas más en solitario. Y los objetos adquieren una vida animada que te ayuda mucho. Hay muchas cosas que acaban cargadas de sentimiento o de sentido y que te resistes a tirar. La apropiación de objetos por parte de mis protagonistas es una manera de usurpar vidas. Una forma de quedarte la carga sentimental de aquel objeto.

A través de los hermanos transnacionales retrata las distintas ciudades en momentos importantes de aquellos años.
Me propuse explicar la diferencia entre lo que ocurría aquí y lo que pasaba fuera. Los hermanos vivieron realidades muy diferentes al mismo tiempo.

Al igual que en sus cuentos, ¿ha buscado aquí el costumbrismo moral?
Sí. Especialmente en la parte dedicada a Barcelona, donde se recrea la vida de los años setenta aquí.

©  Rosa M. Piñol, en La Vanguardia, 23 de febrero del 2010.

Una entrevista a «El Periódico»

Jordi Puntí: «Vull que la gent s’ho passi bé llegint-me»

El Gabriel, un camioner sortit de la Casa de la Caritat que recorre l’Europa dels 60 i 70 amb el seu flamant Pegaso 1065. Té quatre fills que, de sobte, deixen de tenir notícies seves: Christof a Frankfurt, Christophe a París, Christopher a Londres i Cristòfol a Barcelona. Creixen, es coneixen i busquen aquest pare a Maletes perdudes (Empúries / Salamandra), la primera novel·la de Jordi Puntí.

La misteriosa fotografia de la portada del llibre, ¿d’on ha sortit?
D’internet. És una seqüència de fotomaton amb un home que mira a la càmera, se li congela el somriure i desapareix, cosa que coincideix amb la història del Gabriel. A més, reprodueix l’ambient dels 70 que buscava: cabells llargs, vestit i corbata.

Els 70 no tenen gaire encant...
Els meus records d’infància són dels 70. Però més que recuperar una època, m’he esforçat per vincular objectes i memòria, donar sentit als objectes que el Gabriel fa desaparèixer de les mudances i regala. Un dels motius últims d’aquesta novel·la és intentar entendre què és ser fill únic. Quan no tens germans sovint jugues sol, i dónes un sentit a les coses que t’acompanyen.

¿És fill únic?
Ho sóc. Els fills únics més d’una vegada es pregunten què farien si tinguessin un germà. Els cristòfols del llibre descobreixen que tenen germans. A més han crescut sense pare i necessiten omplir aquest buit.

Totes les famílies converteixen en aventures mítiques el seu passat, ¿oi?
Els relats familiars sempre embelleixen els fets. El que m’interessa més és la idea d’aventura. Que el lector senti empatia amb els personatges i els vulgui acompanyar. D’aquí ve la tècnica de la novel·la: volia explicar un personatge a través de la gent que el coneix, com espectadors que veuen passar una carrera ciclista. La mirada fascinada dels fills fa que una vida anodina i a la vegada inversemblant passi a ser heroica.

¿Per què ha trigat tant a arribar aquesta novel·la?
Per inseguretat. Per inexperiència. Perquè tenia altres coses a fer. I perquè és un llibre molt complex. Fa falta molta coordinació per explicar 30 anys de vida de 30 personatges en quatre països.

¿Què reconeixeran els lectors dels seus contes a la novel·la?
Una mateixa mirada moral. Però trobaran més inclinació cap a l’alegria i l’optimisme, cap al plaer d’explicar històries. Una aposta per l’instint fabulador, per explicar històries, inventar personatges i donar un sentit a les seves vides. El que vull és ser llegit, que la gent s’ho passi bé llegint-me. Res de transcendència, o de fixar una obra.

El seu llibre es publica alhora en català i traduït al castellà. ¿La de la literatura catalana traduïda a Espanya no és una batalla perduda?
És més difícil difondre un llibre en castellà dos anys després d’haver-se publicat en català. Sortir alhora suma. És cert que s’ha de lluitar contra forts prejudicis. Però crec que aquest és un llibre universal. Transnacional, millor.

©  Ernest Alòs, El Periódico, 23 de febrer del 2010. 

dimecres, 3 de març de 2010

‘La millor prosa del moment’, per Vicenç Pagès Jordà

[Ressenya a El Periódico]

Jordi Puntí (Manlleu, 1967) és autor dels reculls Pell d’armadillo (1998) i Animals tristos (2002), formats per contes minuciosos que es llegeixen sense dificultats i que han rebut crítiques elogioses, han estat traduïts i han estat duts a la gran pantalla. Feia anys, doncs, que s’esperava el pas d’aquest autor a la novel·la, sobretot perquè havia transcendit que n’estava escrivint una d’ambiciosa, que finalment ha vist la llum. L’espera ha valgut la pena perquè Maletes perdudes és una combinació harmoniosa d’imaginació, estructura i llengua. La història del camioner que té quatre fills repartits per Europa inclou uns aspectes rocambolescos i una intervenció de l’atzar que només un arquitecte atent als menors detalls, i armat amb una llengua plena de naturalitat, podia fer convincents.
ELS ESCENARIS / Del Maig del 68 al Londres de l’avortament, del Boccaccio a l’aeroport del Prat, de la Casa de la Caritat al passeig de la Bonanova, el lector es deixa portar en un viatge a través del temps i de l’espai com en les millors novel·les clàssiques –només que aquesta és alhora una novel·la familiar, introspectiva i d’aventures. Amb un control ferri de l’engranatge narratiu, Puntí canvia de narrador, avança i retrocedeix en el temps, anticipa o oculta dades, organitza seqüències, dissemina pistes falses i planifica el·lipsis per a major gaudi d’un lector que es deixa dur pel joc dilatori, ja que de seguida accepta que si el camí és prou atractiu, no hi ha pressa per arribar al final. I Puntí ha preparat un camí ple de capses de sorpreses, d’amistats i de famílies que s’obren com un acordió. Amb un joc de miralls a l’estil de Citizen Kane, revivim la biografia del protagonista, una barreja entre Bartleby i Wakefield, seductor passiu, pare involuntari i solitari de vocació.

L’únic defecte que he trobat a Maletes perdudes és el mateix que trobo a la narrativa de Pere Calders: un excés de bonhomia indolent. Tret d’uns personatges unidimensionalment malvats, la resta són tan tendres, comunicatius i ben intencionats que la trama ha d’avançar a còpia d’accidents (de trànsit, d’aviació). En una època en què ficció i perversió tendeixen a confondre’s, en què les novel·les són poblades per tota mena de crims abominables, Jordi Puntí aposta per una «línia clara» personalíssima, sense problemes laborals, ni convivencials, ni sexuals, ni mentals. Fins i tot la prostitució, el suïcidi, el robatori o els embarassos no desitjats revelen facetes simpàtiques. És la seva opció i, llunyana o pròxima, aconsegueix que sigui versemblant.

«Aquestes pàgines no hostatjaran gestes ni epopeies grandiloqüents», llegim al cinquè capítol de la novel·la. En compensació, ens deixa un seguit d’escenes memorables: la descripció detallada d’una casa de dispeses barcelonina dels anys cinquanta, la imatge congelada d’un nen que surt al carrer i xuta la bola del món amb fúria simbòlica, el moment en què una senyora surt de recules de l’armari del veí. Entre el moviment perpetu dels transports de mudances i el gest petrificat dels animals dissecats que presideixen la casa on viuen els transportistes, Jordi Puntí ens ha regalat uns centenars de pàgines amb la millor prosa del moment.

©  Vicenç Pagès Jordà, El Periódico, 17 de febrer del 2010.

‘El fabuloso destino de Gabriel Delacruz’, per Julià Guillamon

[Ressenya publicada al suplement ‘Cultura/s’ de La Vanguardia

Jordi Puntí (Manlleu, 1967) es, de los autores de su edad, el que mejor lleva la vida de escritor. Ha publicado tres libros en doce años, recibidos con gran expectación. En seguida ha conectado con el público y ha encarrilado una trayectoria en castellano.Haviajadoypasado temporadas largas en el extranjero. Ha sido editor. Se ha dedicado al periodismo, sin dejarse absorber por el día a día de la profesión. Y ha pasado ocho años escribiendo la novela Maletes perdudes, un ambicioso relato sobre el azar y el destino, construido a partir de una historia muy original. Cuatro hermanos –Cristof, Cristophe, Christopher y Cristòfol– se conjuran para encontrar el rastro de su padre: Gabriel Delacruz Expósito, que desde la mitad de la década de los sesenta y en los primeros setenta trabajaba en una empresa de mudanzas internacionales. Fruto de estos viajes, los cuatro hijos, de distintas madres. Se citan en el último domicilio conocido de Gabriel y salen en su busca. ¿Qué ha sido de él (hace más de treinta años que no le ven)? ¿Por qué desapareció de pronto? ¿Cuál es la razón de su extraño comportamiento? Afirman los Cristòfols, en laparte final de la novela, que sufren el síndrome del Pacífico Sur (el opuesto del síndrome de Estocolmo): devoción a la persona que los abandonó. Gracias al amor incondicional que sienten por la figura paterna, se conocen (que no se conocían), ponen en común sus recuerdos y, en el momento decisivo, intervienen para cambiar el curso de la historia.

Puntí es un muy hábil componiendo ambientes, atando tramas, buscando expresiones que dejan clavado un gesto, una situación o un estado de ánimo. Muy pronto el lector se da cuenta de que no debe exigirle a la narración una estricta coherencia realista: nos movemos en un mundo idealizado, un mundo de imágenes que forman parte de nuestra memoria literaria o visual. Por ejemplo, cuando se relata la infancia de Gabriel en la Casa de Caritat (la madre lo abandonó en un portal, en el Mercat del Born), parece sacada de una novela de Dickens, vista en el teatro, en el cine o en un musical. Cuando el camión empieza a rodar por Europa, toma un aire fantasioso. Asistimos a una recreación de los ambientes izquierdistas de Frankfurt, de la psicodelia británicay del Mayo del 68, en episodios escritos desde la distancia, con ironía.

Son los cuentos de hadas que los de la generación de Puntí han oído una y otra vez desde pequeños. Y como tal se retratan en Maletes perdudes. El trío de protagonistas que comparten la cabina del Pegaso tienen entidad más allá de su caracterización como personajes de Pulcarcito o Tío Vivo. GabrielyBundó provienen los dos de la Casa de Caritat y son almas gemelas: desarraigados puros. Bundó busca el amor con una chica que conoce en un prostíbulo, mientras que Gabriel, seductor pasivo, se deja llevar por los vientos de la historia europea que, en la época de sus viajes, soplan libertad sexual y poco rigor anticonceptivo. El tercero, Petroli, es también entrañable: se dedica a buscar las casas de españoles en Europa, para sentirse acompañado (ninguno de los tres habla lenguas) y ligar.

La relación entre los transportistas, los vaivenes en busca de la estabilidad emocional de Bundó, mantienen el interés más allá de los enredos y bifurcaciones de la trama. En la segunda parte, Puntí abandona el tono de comediapsicoanalítica, y despliega de manera costumbrista la historia del nacimiento del cuarto y último hijo, el Cristòfol catalán. Lo hace mediante una elipsis larguísima, con un registro de esperpento, llevando hasta el límite el juego de identidades y casualidades, en una especie de literatura champán que embriaga sobre todo a su autor. Puntí se gusta. Si en la primera parte la historia está contada con un aire ingenuo a lo Amélie, en la segunda es el estilo de los hermanos Fesser más bufonescos y tragicómicos. Da la sensación que el deseo de escribir una novela contundente, una novela larga, le jugará una mala pasada. Pero en seguida se saca de la manga una serie de paseos fantasmales por Barcelona (Via Favència, Turó de la Peira) que devuelven la gravedad al relato (están muy bien, como, en la primera parte, la descripción del entorno desfibrado de la calle Nàpols donde vive el padre).

Al final la acción pasa al presente y se resuelve de un modo inesperado en la forma y previsible en el fondo: hemos asistido a una fábula sobre el sentimiento de orfandad, la extranjería, la soledad del vivir contemporáneo. Todas las cuitas de los cuatro Cristòfols (y la bondad de las madres, que se mantienen al margen: en el mundo real se sacarían los ojos) va dirigida a dar a la historia un final feliz, en el que todo el mundo acepta la manera de ser de Gabriel, se restablecen (ni que sea provisionalmente) los vínculos y se encajan las piezas del mundo antiheroico.

Uno de los motivos recurrentes del relato son los objetos perdidos. De cada uno de sus viajes, Gabriel, Bundó y Petroli sustraen un bulto, anotan su contenido y se lo reparten, en un ritual que les sirve para intentar borrar su condición de desposeídos. Rita, la madre catalana, trabaja en la oficina de equipajes extraviados del aeropuerto del Prat. Gracias a un ritual similar (junto a tres empleados de la limpieza de la terminal se reparten objetos de las maletas no reclamadas) se produce el último encuentro fértil de Gabriel. Estos objetos (a los que se añade la cabina destrozada del Pegaso que Cristof encuentra en un cementerio de camiones a las afueras de Kassel) son talismanes que concentran la vida emocional de los protagonistas, maletas sin amo.

© Julià Guillamon, La Vanguardia, 24 de febrer del 2010.