Al promocionar su novela Maletes perdudes, el escritor Jordi Puntí ha declarado: “Los adverbios son refugio de cobardes”. Hace unos años, Josep Maria Espinàs se despachó contra los adjetivos por considerarlos casi siempre innecesarios. Dos escritores que admiro, pues, marcan el camino. ¿Qué ocurrirá si, mañana, otro crack de las letras la emprende contra los verbos? Desde que leí a Espinàs, intento contener mi tendencia al adjetivo fácil pero no lo consigo. Es difícil y, por muy de acuerdo que estés con la argumentación de Espinàs, tiendes a rebelarte y a decidir que, si existen, será para utilizarlos, ¿no? Ahora Puntí me complica las cosas. Ya no se trata sólo de ser redundante sino cobarde, una acusación que, por suerte, no se expresa a través de un adjetivo sino, entiendo, de un rotundo sustantivo.
Supongo que Puntí se refiere más al abuso que al uso. En efecto, los adverbios pueden esconder una carga pirotécnica que refuerza más la vanidad del narrador que la efectividad de su relato. Pero cuidado: grandes clásicos de nuestra literatura han practicado el adverbio con cierta alegría. Josep Pla es conocido por, entre otras cosas, soltar adverbios extravagantes. En Pla, que tenía otras virtudes, este ramalazo constituye una anécdota, pero entre los que insisten en imitarle es una plaga (ya lo dijo Picasso: “Bienaventurados mis imitadores porque heredarán mis defectos”). Elijo un artículo de Pla al azar, titulado Vells, incessants records. Primera frase: “És molt possible que Grècia hagi estat el país del solar europeu més ditiràmbicament tractat en el curs dels dies”. Ese “ditiràmbicament”, ¿hay que considerarlo un acto de cobardía? De exhibicionismo, quizá, de no poder resistir la tentación de ponerse estupendo, también. Pero cobardía es una palabra mayor.
Se da la circunstancia de que Pla también es famoso por su uso de los adjetivos. Aplicaba el mismo criterio que con los adverbios: sorprender con calificativos que, en principio, no parecían destinados a según qué sustantivos. Sin embargo, lo esencial de Pla no lo encontraríamos ni en la originalidad de su adjetivación ni en la pirotecnia de sus adverbios y sí, en cambio, en su sentido de la observación, su facilidad para perorar sobre cualquier cuestión, su acierto en la elección de los ritmos e ingredientes descriptivos y una tendencia a la afirmación categórica tan amena como temeraria. Y, como le ocurre a Pla con muchas de las afirmaciones con las que encabezaba sus artículos, todo acaba siendo discutible y, al final, hay tantas excepciones para cada regla que generalizar se convierte en un pasatiempos.
Por suerte, ni Espinàs ni Puntí han llevado sus antipatías respectivas hasta el límite y ambos se permiten utilizar adjetivos y adverbios. Eso sí: sólo los que son estrictamente necesarios, por decirlo con un adverbio y un adjetivo.
© Sergi Pàmies, La Vanguardia, 12 de març del 2010.
dissabte, 13 de març del 2010
diumenge, 7 de març del 2010
Una entrevista a 'La Vanguardia'
“MI OBRA ES UNA APUESTA POR LA FABULACIÓN”
La primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967) había despertado expectación desde que en el 2003 ganó la beca de creación literaria Octavi Pellissa. La larga espera ha valido la pena, ya que Maletes perdudes (Empúries; versión castellana en Salamandra) es una obra de gran ambición literaria y planteamiento original. Puntí –cuyos libros de relatos Pell d'armadillo y Animals tristos han sido celebrados por la crítica, traducidos y, el segundo de ellos, llevado al cine– plantea las historias cruzadas de cuatro hermanos (Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol), hijos de cuatro madres distintas y que viven en Frankfurt, París, Londres y Barcelona. Un día descubren que son hijos de un mismo padre, transportista de mudanzas, y deciden buscarlo. Los derechos de la obra ya han sido vendidos al francés y al alemán.
¿Cómo se le ocurrió esta variación de una novia en cada puerto?
La novela tiene muchos puntos de partida. Por una parte, quería hablar de una persona que estuviera siempre en movimiento. También me interesaba lo que supone ser hijo único, sobre todo cuando eres pequeño. Aquí, casi todos los personajes lo son. Y quería explicar una historia de antihéroes. Se ha hablado mucho de los héroes de la Guerra Civil y del franquismo. Pero la inmensa mayoría de la clase trabajadora estaba atenazada durante la dictadura por múltiples problemas y encarnaban un antifranquismo pasivo.
¿Por qué eligió a los camioneros?
Una vez tuve ocasión de hablar con unos camioneros turcos que hicieron una mudanza desde Alemania hasta aquí. Su trabajo es muy duro. Además, a mí me atraía la idea de que alguien, en pleno franquismo, pudiera salir del país y entrever otros mundos –París, Londres, Frankfurt– que en aquel momento nos parecían más atractivos.
¿Quiso escribir una road movie de aventuras?
Sí, me gusta la idea de las aventuras, que ocurran cosas. La obra es una apuesta por la fabulación. Y también el intento de romper una cierta tendencia de hablar de nosotros. En este sentido, quiere ser un relato transnacional, que sale fuera de nuestras fronteras.
En él cuenta muchas historias. ¿Ha sido difícil ensamblarlas?
Este es el trabajo del novelista. Con los cuentos, empiezas y acabas, y luego los olvidas. Pero aquí he tardado más, por inexperiencia. Me costó el trabajo de encajar y equilibrar las escenas y los personajes. Pero al final hay una mayonesa que lo liga todo, que es la confianza en el instinto fabulador.
A diferencia de los insatisfechos personajes de Animals tristos, los de Maletes perdudes parecen felices.
Es que el libro tiene voluntad de optimismo. Explico unas situaciones que no son fáciles, y una época, los años 50, 60 y 70, también difícil. Pero trato de verlas desde la cara soleada. Y los personajes son felices a su manera.
Da la impresión de que importa más el trayecto que la resolución final.
En efecto, el trayecto es lo más importante. Yo quiero llevar al lector hasta el final. Pero también que se lo pase bien en el viaje: a través del relato de los propios hermanos, del libro inventario de las maletas que roban, del testimonio de las madres... A través del estilo y la manera de explicar, creo que puedes hacer verosímiles las cosas. Cuando escribía tenía en mente a Dickens, a Irving, y también Los hijos de la medianoche de Rushdie. Como se dice en un momento del libro, las vidas, en el momento de vivirlas, no tienen sentido. Se lo damos después, cuando las explicamos. Y la vida de Gabriel, el padre, cobra sentido a partir del relato de todos los que le conocieron.
Pero es una historia de soledades.
Cada hermano, en su solo narrativo, muestra las secuelas y la inseguridad de ser hijo único. El alemán lo realiza en diálogo con un muñeco de ventrílocuo: es la no aceptación de la soledad, el amigo invisible que le permite rebelarse sin ser él mismo.
Las maletas sustraídas de las mudanzas contienen objetos personales que conservan el pasado, “reliquias que nos protegen del olvido”, escribe.
Cuando creces solo, juegas más en solitario. Y los objetos adquieren una vida animada que te ayuda mucho. Hay muchas cosas que acaban cargadas de sentimiento o de sentido y que te resistes a tirar. La apropiación de objetos por parte de mis protagonistas es una manera de usurpar vidas. Una forma de quedarte la carga sentimental de aquel objeto.
A través de los hermanos transnacionales retrata las distintas ciudades en momentos importantes de aquellos años.
Me propuse explicar la diferencia entre lo que ocurría aquí y lo que pasaba fuera. Los hermanos vivieron realidades muy diferentes al mismo tiempo.
Al igual que en sus cuentos, ¿ha buscado aquí el costumbrismo moral?
Sí. Especialmente en la parte dedicada a Barcelona, donde se recrea la vida de los años setenta aquí.
© Rosa M. Piñol, en La Vanguardia, 23 de febrero del 2010.
La primera novela de Jordi Puntí (Manlleu, 1967) había despertado expectación desde que en el 2003 ganó la beca de creación literaria Octavi Pellissa. La larga espera ha valido la pena, ya que Maletes perdudes (Empúries; versión castellana en Salamandra) es una obra de gran ambición literaria y planteamiento original. Puntí –cuyos libros de relatos Pell d'armadillo y Animals tristos han sido celebrados por la crítica, traducidos y, el segundo de ellos, llevado al cine– plantea las historias cruzadas de cuatro hermanos (Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol), hijos de cuatro madres distintas y que viven en Frankfurt, París, Londres y Barcelona. Un día descubren que son hijos de un mismo padre, transportista de mudanzas, y deciden buscarlo. Los derechos de la obra ya han sido vendidos al francés y al alemán.
¿Cómo se le ocurrió esta variación de una novia en cada puerto?
La novela tiene muchos puntos de partida. Por una parte, quería hablar de una persona que estuviera siempre en movimiento. También me interesaba lo que supone ser hijo único, sobre todo cuando eres pequeño. Aquí, casi todos los personajes lo son. Y quería explicar una historia de antihéroes. Se ha hablado mucho de los héroes de la Guerra Civil y del franquismo. Pero la inmensa mayoría de la clase trabajadora estaba atenazada durante la dictadura por múltiples problemas y encarnaban un antifranquismo pasivo.
¿Por qué eligió a los camioneros?
Una vez tuve ocasión de hablar con unos camioneros turcos que hicieron una mudanza desde Alemania hasta aquí. Su trabajo es muy duro. Además, a mí me atraía la idea de que alguien, en pleno franquismo, pudiera salir del país y entrever otros mundos –París, Londres, Frankfurt– que en aquel momento nos parecían más atractivos.
¿Quiso escribir una road movie de aventuras?
Sí, me gusta la idea de las aventuras, que ocurran cosas. La obra es una apuesta por la fabulación. Y también el intento de romper una cierta tendencia de hablar de nosotros. En este sentido, quiere ser un relato transnacional, que sale fuera de nuestras fronteras.
En él cuenta muchas historias. ¿Ha sido difícil ensamblarlas?
Este es el trabajo del novelista. Con los cuentos, empiezas y acabas, y luego los olvidas. Pero aquí he tardado más, por inexperiencia. Me costó el trabajo de encajar y equilibrar las escenas y los personajes. Pero al final hay una mayonesa que lo liga todo, que es la confianza en el instinto fabulador.
A diferencia de los insatisfechos personajes de Animals tristos, los de Maletes perdudes parecen felices.
Es que el libro tiene voluntad de optimismo. Explico unas situaciones que no son fáciles, y una época, los años 50, 60 y 70, también difícil. Pero trato de verlas desde la cara soleada. Y los personajes son felices a su manera.
Da la impresión de que importa más el trayecto que la resolución final.
En efecto, el trayecto es lo más importante. Yo quiero llevar al lector hasta el final. Pero también que se lo pase bien en el viaje: a través del relato de los propios hermanos, del libro inventario de las maletas que roban, del testimonio de las madres... A través del estilo y la manera de explicar, creo que puedes hacer verosímiles las cosas. Cuando escribía tenía en mente a Dickens, a Irving, y también Los hijos de la medianoche de Rushdie. Como se dice en un momento del libro, las vidas, en el momento de vivirlas, no tienen sentido. Se lo damos después, cuando las explicamos. Y la vida de Gabriel, el padre, cobra sentido a partir del relato de todos los que le conocieron.
Pero es una historia de soledades.
Cada hermano, en su solo narrativo, muestra las secuelas y la inseguridad de ser hijo único. El alemán lo realiza en diálogo con un muñeco de ventrílocuo: es la no aceptación de la soledad, el amigo invisible que le permite rebelarse sin ser él mismo.
Las maletas sustraídas de las mudanzas contienen objetos personales que conservan el pasado, “reliquias que nos protegen del olvido”, escribe.
Cuando creces solo, juegas más en solitario. Y los objetos adquieren una vida animada que te ayuda mucho. Hay muchas cosas que acaban cargadas de sentimiento o de sentido y que te resistes a tirar. La apropiación de objetos por parte de mis protagonistas es una manera de usurpar vidas. Una forma de quedarte la carga sentimental de aquel objeto.
A través de los hermanos transnacionales retrata las distintas ciudades en momentos importantes de aquellos años.
Me propuse explicar la diferencia entre lo que ocurría aquí y lo que pasaba fuera. Los hermanos vivieron realidades muy diferentes al mismo tiempo.
Al igual que en sus cuentos, ¿ha buscado aquí el costumbrismo moral?
Sí. Especialmente en la parte dedicada a Barcelona, donde se recrea la vida de los años setenta aquí.
© Rosa M. Piñol, en La Vanguardia, 23 de febrero del 2010.
Una entrevista a «El Periódico»
Jordi Puntí: «Vull que la gent s’ho passi bé llegint-me»
El Gabriel, un camioner sortit de la Casa de la Caritat que recorre l’Europa dels 60 i 70 amb el seu flamant Pegaso 1065. Té quatre fills que, de sobte, deixen de tenir notícies seves: Christof a Frankfurt, Christophe a París, Christopher a Londres i Cristòfol a Barcelona. Creixen, es coneixen i busquen aquest pare a Maletes perdudes (Empúries / Salamandra), la primera novel·la de Jordi Puntí.
La misteriosa fotografia de la portada del llibre, ¿d’on ha sortit?
D’internet. És una seqüència de fotomaton amb un home que mira a la càmera, se li congela el somriure i desapareix, cosa que coincideix amb la història del Gabriel. A més, reprodueix l’ambient dels 70 que buscava: cabells llargs, vestit i corbata.
Els 70 no tenen gaire encant...
Els meus records d’infància són dels 70. Però més que recuperar una època, m’he esforçat per vincular objectes i memòria, donar sentit als objectes que el Gabriel fa desaparèixer de les mudances i regala. Un dels motius últims d’aquesta novel·la és intentar entendre què és ser fill únic. Quan no tens germans sovint jugues sol, i dónes un sentit a les coses que t’acompanyen.
¿És fill únic?
Ho sóc. Els fills únics més d’una vegada es pregunten què farien si tinguessin un germà. Els cristòfols del llibre descobreixen que tenen germans. A més han crescut sense pare i necessiten omplir aquest buit.
Totes les famílies converteixen en aventures mítiques el seu passat, ¿oi?
Els relats familiars sempre embelleixen els fets. El que m’interessa més és la idea d’aventura. Que el lector senti empatia amb els personatges i els vulgui acompanyar. D’aquí ve la tècnica de la novel·la: volia explicar un personatge a través de la gent que el coneix, com espectadors que veuen passar una carrera ciclista. La mirada fascinada dels fills fa que una vida anodina i a la vegada inversemblant passi a ser heroica.
¿Per què ha trigat tant a arribar aquesta novel·la?
Per inseguretat. Per inexperiència. Perquè tenia altres coses a fer. I perquè és un llibre molt complex. Fa falta molta coordinació per explicar 30 anys de vida de 30 personatges en quatre països.
¿Què reconeixeran els lectors dels seus contes a la novel·la?
Una mateixa mirada moral. Però trobaran més inclinació cap a l’alegria i l’optimisme, cap al plaer d’explicar històries. Una aposta per l’instint fabulador, per explicar històries, inventar personatges i donar un sentit a les seves vides. El que vull és ser llegit, que la gent s’ho passi bé llegint-me. Res de transcendència, o de fixar una obra.
El seu llibre es publica alhora en català i traduït al castellà. ¿La de la literatura catalana traduïda a Espanya no és una batalla perduda?
És més difícil difondre un llibre en castellà dos anys després d’haver-se publicat en català. Sortir alhora suma. És cert que s’ha de lluitar contra forts prejudicis. Però crec que aquest és un llibre universal. Transnacional, millor.
© Ernest Alòs, El Periódico, 23 de febrer del 2010.
El Gabriel, un camioner sortit de la Casa de la Caritat que recorre l’Europa dels 60 i 70 amb el seu flamant Pegaso 1065. Té quatre fills que, de sobte, deixen de tenir notícies seves: Christof a Frankfurt, Christophe a París, Christopher a Londres i Cristòfol a Barcelona. Creixen, es coneixen i busquen aquest pare a Maletes perdudes (Empúries / Salamandra), la primera novel·la de Jordi Puntí.
La misteriosa fotografia de la portada del llibre, ¿d’on ha sortit?
D’internet. És una seqüència de fotomaton amb un home que mira a la càmera, se li congela el somriure i desapareix, cosa que coincideix amb la història del Gabriel. A més, reprodueix l’ambient dels 70 que buscava: cabells llargs, vestit i corbata.
Els 70 no tenen gaire encant...
Els meus records d’infància són dels 70. Però més que recuperar una època, m’he esforçat per vincular objectes i memòria, donar sentit als objectes que el Gabriel fa desaparèixer de les mudances i regala. Un dels motius últims d’aquesta novel·la és intentar entendre què és ser fill únic. Quan no tens germans sovint jugues sol, i dónes un sentit a les coses que t’acompanyen.
¿És fill únic?
Ho sóc. Els fills únics més d’una vegada es pregunten què farien si tinguessin un germà. Els cristòfols del llibre descobreixen que tenen germans. A més han crescut sense pare i necessiten omplir aquest buit.
Totes les famílies converteixen en aventures mítiques el seu passat, ¿oi?
Els relats familiars sempre embelleixen els fets. El que m’interessa més és la idea d’aventura. Que el lector senti empatia amb els personatges i els vulgui acompanyar. D’aquí ve la tècnica de la novel·la: volia explicar un personatge a través de la gent que el coneix, com espectadors que veuen passar una carrera ciclista. La mirada fascinada dels fills fa que una vida anodina i a la vegada inversemblant passi a ser heroica.
¿Per què ha trigat tant a arribar aquesta novel·la?
Per inseguretat. Per inexperiència. Perquè tenia altres coses a fer. I perquè és un llibre molt complex. Fa falta molta coordinació per explicar 30 anys de vida de 30 personatges en quatre països.
¿Què reconeixeran els lectors dels seus contes a la novel·la?
Una mateixa mirada moral. Però trobaran més inclinació cap a l’alegria i l’optimisme, cap al plaer d’explicar històries. Una aposta per l’instint fabulador, per explicar històries, inventar personatges i donar un sentit a les seves vides. El que vull és ser llegit, que la gent s’ho passi bé llegint-me. Res de transcendència, o de fixar una obra.
El seu llibre es publica alhora en català i traduït al castellà. ¿La de la literatura catalana traduïda a Espanya no és una batalla perduda?
És més difícil difondre un llibre en castellà dos anys després d’haver-se publicat en català. Sortir alhora suma. És cert que s’ha de lluitar contra forts prejudicis. Però crec que aquest és un llibre universal. Transnacional, millor.
© Ernest Alòs, El Periódico, 23 de febrer del 2010.
dimecres, 3 de març del 2010
‘La millor prosa del moment’, per Vicenç Pagès Jordà
[Ressenya a El Periódico]
Jordi Puntí (Manlleu, 1967) és autor dels reculls Pell d’armadillo (1998) i Animals tristos (2002), formats per contes minuciosos que es llegeixen sense dificultats i que han rebut crítiques elogioses, han estat traduïts i han estat duts a la gran pantalla. Feia anys, doncs, que s’esperava el pas d’aquest autor a la novel·la, sobretot perquè havia transcendit que n’estava escrivint una d’ambiciosa, que finalment ha vist la llum. L’espera ha valgut la pena perquè Maletes perdudes és una combinació harmoniosa d’imaginació, estructura i llengua. La història del camioner que té quatre fills repartits per Europa inclou uns aspectes rocambolescos i una intervenció de l’atzar que només un arquitecte atent als menors detalls, i armat amb una llengua plena de naturalitat, podia fer convincents.
ELS ESCENARIS / Del Maig del 68 al Londres de l’avortament, del Boccaccio a l’aeroport del Prat, de la Casa de la Caritat al passeig de la Bonanova, el lector es deixa portar en un viatge a través del temps i de l’espai com en les millors novel·les clàssiques –només que aquesta és alhora una novel·la familiar, introspectiva i d’aventures. Amb un control ferri de l’engranatge narratiu, Puntí canvia de narrador, avança i retrocedeix en el temps, anticipa o oculta dades, organitza seqüències, dissemina pistes falses i planifica el·lipsis per a major gaudi d’un lector que es deixa dur pel joc dilatori, ja que de seguida accepta que si el camí és prou atractiu, no hi ha pressa per arribar al final. I Puntí ha preparat un camí ple de capses de sorpreses, d’amistats i de famílies que s’obren com un acordió. Amb un joc de miralls a l’estil de Citizen Kane, revivim la biografia del protagonista, una barreja entre Bartleby i Wakefield, seductor passiu, pare involuntari i solitari de vocació.
L’únic defecte que he trobat a Maletes perdudes és el mateix que trobo a la narrativa de Pere Calders: un excés de bonhomia indolent. Tret d’uns personatges unidimensionalment malvats, la resta són tan tendres, comunicatius i ben intencionats que la trama ha d’avançar a còpia d’accidents (de trànsit, d’aviació). En una època en què ficció i perversió tendeixen a confondre’s, en què les novel·les són poblades per tota mena de crims abominables, Jordi Puntí aposta per una «línia clara» personalíssima, sense problemes laborals, ni convivencials, ni sexuals, ni mentals. Fins i tot la prostitució, el suïcidi, el robatori o els embarassos no desitjats revelen facetes simpàtiques. És la seva opció i, llunyana o pròxima, aconsegueix que sigui versemblant.
«Aquestes pàgines no hostatjaran gestes ni epopeies grandiloqüents», llegim al cinquè capítol de la novel·la. En compensació, ens deixa un seguit d’escenes memorables: la descripció detallada d’una casa de dispeses barcelonina dels anys cinquanta, la imatge congelada d’un nen que surt al carrer i xuta la bola del món amb fúria simbòlica, el moment en què una senyora surt de recules de l’armari del veí. Entre el moviment perpetu dels transports de mudances i el gest petrificat dels animals dissecats que presideixen la casa on viuen els transportistes, Jordi Puntí ens ha regalat uns centenars de pàgines amb la millor prosa del moment.
© Vicenç Pagès Jordà, El Periódico, 17 de febrer del 2010.
Jordi Puntí (Manlleu, 1967) és autor dels reculls Pell d’armadillo (1998) i Animals tristos (2002), formats per contes minuciosos que es llegeixen sense dificultats i que han rebut crítiques elogioses, han estat traduïts i han estat duts a la gran pantalla. Feia anys, doncs, que s’esperava el pas d’aquest autor a la novel·la, sobretot perquè havia transcendit que n’estava escrivint una d’ambiciosa, que finalment ha vist la llum. L’espera ha valgut la pena perquè Maletes perdudes és una combinació harmoniosa d’imaginació, estructura i llengua. La història del camioner que té quatre fills repartits per Europa inclou uns aspectes rocambolescos i una intervenció de l’atzar que només un arquitecte atent als menors detalls, i armat amb una llengua plena de naturalitat, podia fer convincents.
ELS ESCENARIS / Del Maig del 68 al Londres de l’avortament, del Boccaccio a l’aeroport del Prat, de la Casa de la Caritat al passeig de la Bonanova, el lector es deixa portar en un viatge a través del temps i de l’espai com en les millors novel·les clàssiques –només que aquesta és alhora una novel·la familiar, introspectiva i d’aventures. Amb un control ferri de l’engranatge narratiu, Puntí canvia de narrador, avança i retrocedeix en el temps, anticipa o oculta dades, organitza seqüències, dissemina pistes falses i planifica el·lipsis per a major gaudi d’un lector que es deixa dur pel joc dilatori, ja que de seguida accepta que si el camí és prou atractiu, no hi ha pressa per arribar al final. I Puntí ha preparat un camí ple de capses de sorpreses, d’amistats i de famílies que s’obren com un acordió. Amb un joc de miralls a l’estil de Citizen Kane, revivim la biografia del protagonista, una barreja entre Bartleby i Wakefield, seductor passiu, pare involuntari i solitari de vocació.
L’únic defecte que he trobat a Maletes perdudes és el mateix que trobo a la narrativa de Pere Calders: un excés de bonhomia indolent. Tret d’uns personatges unidimensionalment malvats, la resta són tan tendres, comunicatius i ben intencionats que la trama ha d’avançar a còpia d’accidents (de trànsit, d’aviació). En una època en què ficció i perversió tendeixen a confondre’s, en què les novel·les són poblades per tota mena de crims abominables, Jordi Puntí aposta per una «línia clara» personalíssima, sense problemes laborals, ni convivencials, ni sexuals, ni mentals. Fins i tot la prostitució, el suïcidi, el robatori o els embarassos no desitjats revelen facetes simpàtiques. És la seva opció i, llunyana o pròxima, aconsegueix que sigui versemblant.
«Aquestes pàgines no hostatjaran gestes ni epopeies grandiloqüents», llegim al cinquè capítol de la novel·la. En compensació, ens deixa un seguit d’escenes memorables: la descripció detallada d’una casa de dispeses barcelonina dels anys cinquanta, la imatge congelada d’un nen que surt al carrer i xuta la bola del món amb fúria simbòlica, el moment en què una senyora surt de recules de l’armari del veí. Entre el moviment perpetu dels transports de mudances i el gest petrificat dels animals dissecats que presideixen la casa on viuen els transportistes, Jordi Puntí ens ha regalat uns centenars de pàgines amb la millor prosa del moment.
© Vicenç Pagès Jordà, El Periódico, 17 de febrer del 2010.
‘El fabuloso destino de Gabriel Delacruz’, per Julià Guillamon
[Ressenya publicada al suplement ‘Cultura/s’ de La Vanguardia]
Jordi Puntí (Manlleu, 1967) es, de los autores de su edad, el que mejor lleva la vida de escritor. Ha publicado tres libros en doce años, recibidos con gran expectación. En seguida ha conectado con el público y ha encarrilado una trayectoria en castellano.Haviajadoypasado temporadas largas en el extranjero. Ha sido editor. Se ha dedicado al periodismo, sin dejarse absorber por el día a día de la profesión. Y ha pasado ocho años escribiendo la novela Maletes perdudes, un ambicioso relato sobre el azar y el destino, construido a partir de una historia muy original. Cuatro hermanos –Cristof, Cristophe, Christopher y Cristòfol– se conjuran para encontrar el rastro de su padre: Gabriel Delacruz Expósito, que desde la mitad de la década de los sesenta y en los primeros setenta trabajaba en una empresa de mudanzas internacionales. Fruto de estos viajes, los cuatro hijos, de distintas madres. Se citan en el último domicilio conocido de Gabriel y salen en su busca. ¿Qué ha sido de él (hace más de treinta años que no le ven)? ¿Por qué desapareció de pronto? ¿Cuál es la razón de su extraño comportamiento? Afirman los Cristòfols, en laparte final de la novela, que sufren el síndrome del Pacífico Sur (el opuesto del síndrome de Estocolmo): devoción a la persona que los abandonó. Gracias al amor incondicional que sienten por la figura paterna, se conocen (que no se conocían), ponen en común sus recuerdos y, en el momento decisivo, intervienen para cambiar el curso de la historia.
Puntí es un muy hábil componiendo ambientes, atando tramas, buscando expresiones que dejan clavado un gesto, una situación o un estado de ánimo. Muy pronto el lector se da cuenta de que no debe exigirle a la narración una estricta coherencia realista: nos movemos en un mundo idealizado, un mundo de imágenes que forman parte de nuestra memoria literaria o visual. Por ejemplo, cuando se relata la infancia de Gabriel en la Casa de Caritat (la madre lo abandonó en un portal, en el Mercat del Born), parece sacada de una novela de Dickens, vista en el teatro, en el cine o en un musical. Cuando el camión empieza a rodar por Europa, toma un aire fantasioso. Asistimos a una recreación de los ambientes izquierdistas de Frankfurt, de la psicodelia británicay del Mayo del 68, en episodios escritos desde la distancia, con ironía.
Son los cuentos de hadas que los de la generación de Puntí han oído una y otra vez desde pequeños. Y como tal se retratan en Maletes perdudes. El trío de protagonistas que comparten la cabina del Pegaso tienen entidad más allá de su caracterización como personajes de Pulcarcito o Tío Vivo. GabrielyBundó provienen los dos de la Casa de Caritat y son almas gemelas: desarraigados puros. Bundó busca el amor con una chica que conoce en un prostíbulo, mientras que Gabriel, seductor pasivo, se deja llevar por los vientos de la historia europea que, en la época de sus viajes, soplan libertad sexual y poco rigor anticonceptivo. El tercero, Petroli, es también entrañable: se dedica a buscar las casas de españoles en Europa, para sentirse acompañado (ninguno de los tres habla lenguas) y ligar.
La relación entre los transportistas, los vaivenes en busca de la estabilidad emocional de Bundó, mantienen el interés más allá de los enredos y bifurcaciones de la trama. En la segunda parte, Puntí abandona el tono de comediapsicoanalítica, y despliega de manera costumbrista la historia del nacimiento del cuarto y último hijo, el Cristòfol catalán. Lo hace mediante una elipsis larguísima, con un registro de esperpento, llevando hasta el límite el juego de identidades y casualidades, en una especie de literatura champán que embriaga sobre todo a su autor. Puntí se gusta. Si en la primera parte la historia está contada con un aire ingenuo a lo Amélie, en la segunda es el estilo de los hermanos Fesser más bufonescos y tragicómicos. Da la sensación que el deseo de escribir una novela contundente, una novela larga, le jugará una mala pasada. Pero en seguida se saca de la manga una serie de paseos fantasmales por Barcelona (Via Favència, Turó de la Peira) que devuelven la gravedad al relato (están muy bien, como, en la primera parte, la descripción del entorno desfibrado de la calle Nàpols donde vive el padre).
Al final la acción pasa al presente y se resuelve de un modo inesperado en la forma y previsible en el fondo: hemos asistido a una fábula sobre el sentimiento de orfandad, la extranjería, la soledad del vivir contemporáneo. Todas las cuitas de los cuatro Cristòfols (y la bondad de las madres, que se mantienen al margen: en el mundo real se sacarían los ojos) va dirigida a dar a la historia un final feliz, en el que todo el mundo acepta la manera de ser de Gabriel, se restablecen (ni que sea provisionalmente) los vínculos y se encajan las piezas del mundo antiheroico.
Uno de los motivos recurrentes del relato son los objetos perdidos. De cada uno de sus viajes, Gabriel, Bundó y Petroli sustraen un bulto, anotan su contenido y se lo reparten, en un ritual que les sirve para intentar borrar su condición de desposeídos. Rita, la madre catalana, trabaja en la oficina de equipajes extraviados del aeropuerto del Prat. Gracias a un ritual similar (junto a tres empleados de la limpieza de la terminal se reparten objetos de las maletas no reclamadas) se produce el último encuentro fértil de Gabriel. Estos objetos (a los que se añade la cabina destrozada del Pegaso que Cristof encuentra en un cementerio de camiones a las afueras de Kassel) son talismanes que concentran la vida emocional de los protagonistas, maletas sin amo.
© Julià Guillamon, La Vanguardia, 24 de febrer del 2010.
Jordi Puntí (Manlleu, 1967) es, de los autores de su edad, el que mejor lleva la vida de escritor. Ha publicado tres libros en doce años, recibidos con gran expectación. En seguida ha conectado con el público y ha encarrilado una trayectoria en castellano.Haviajadoypasado temporadas largas en el extranjero. Ha sido editor. Se ha dedicado al periodismo, sin dejarse absorber por el día a día de la profesión. Y ha pasado ocho años escribiendo la novela Maletes perdudes, un ambicioso relato sobre el azar y el destino, construido a partir de una historia muy original. Cuatro hermanos –Cristof, Cristophe, Christopher y Cristòfol– se conjuran para encontrar el rastro de su padre: Gabriel Delacruz Expósito, que desde la mitad de la década de los sesenta y en los primeros setenta trabajaba en una empresa de mudanzas internacionales. Fruto de estos viajes, los cuatro hijos, de distintas madres. Se citan en el último domicilio conocido de Gabriel y salen en su busca. ¿Qué ha sido de él (hace más de treinta años que no le ven)? ¿Por qué desapareció de pronto? ¿Cuál es la razón de su extraño comportamiento? Afirman los Cristòfols, en laparte final de la novela, que sufren el síndrome del Pacífico Sur (el opuesto del síndrome de Estocolmo): devoción a la persona que los abandonó. Gracias al amor incondicional que sienten por la figura paterna, se conocen (que no se conocían), ponen en común sus recuerdos y, en el momento decisivo, intervienen para cambiar el curso de la historia.
Puntí es un muy hábil componiendo ambientes, atando tramas, buscando expresiones que dejan clavado un gesto, una situación o un estado de ánimo. Muy pronto el lector se da cuenta de que no debe exigirle a la narración una estricta coherencia realista: nos movemos en un mundo idealizado, un mundo de imágenes que forman parte de nuestra memoria literaria o visual. Por ejemplo, cuando se relata la infancia de Gabriel en la Casa de Caritat (la madre lo abandonó en un portal, en el Mercat del Born), parece sacada de una novela de Dickens, vista en el teatro, en el cine o en un musical. Cuando el camión empieza a rodar por Europa, toma un aire fantasioso. Asistimos a una recreación de los ambientes izquierdistas de Frankfurt, de la psicodelia británicay del Mayo del 68, en episodios escritos desde la distancia, con ironía.
Son los cuentos de hadas que los de la generación de Puntí han oído una y otra vez desde pequeños. Y como tal se retratan en Maletes perdudes. El trío de protagonistas que comparten la cabina del Pegaso tienen entidad más allá de su caracterización como personajes de Pulcarcito o Tío Vivo. GabrielyBundó provienen los dos de la Casa de Caritat y son almas gemelas: desarraigados puros. Bundó busca el amor con una chica que conoce en un prostíbulo, mientras que Gabriel, seductor pasivo, se deja llevar por los vientos de la historia europea que, en la época de sus viajes, soplan libertad sexual y poco rigor anticonceptivo. El tercero, Petroli, es también entrañable: se dedica a buscar las casas de españoles en Europa, para sentirse acompañado (ninguno de los tres habla lenguas) y ligar.
La relación entre los transportistas, los vaivenes en busca de la estabilidad emocional de Bundó, mantienen el interés más allá de los enredos y bifurcaciones de la trama. En la segunda parte, Puntí abandona el tono de comediapsicoanalítica, y despliega de manera costumbrista la historia del nacimiento del cuarto y último hijo, el Cristòfol catalán. Lo hace mediante una elipsis larguísima, con un registro de esperpento, llevando hasta el límite el juego de identidades y casualidades, en una especie de literatura champán que embriaga sobre todo a su autor. Puntí se gusta. Si en la primera parte la historia está contada con un aire ingenuo a lo Amélie, en la segunda es el estilo de los hermanos Fesser más bufonescos y tragicómicos. Da la sensación que el deseo de escribir una novela contundente, una novela larga, le jugará una mala pasada. Pero en seguida se saca de la manga una serie de paseos fantasmales por Barcelona (Via Favència, Turó de la Peira) que devuelven la gravedad al relato (están muy bien, como, en la primera parte, la descripción del entorno desfibrado de la calle Nàpols donde vive el padre).
Al final la acción pasa al presente y se resuelve de un modo inesperado en la forma y previsible en el fondo: hemos asistido a una fábula sobre el sentimiento de orfandad, la extranjería, la soledad del vivir contemporáneo. Todas las cuitas de los cuatro Cristòfols (y la bondad de las madres, que se mantienen al margen: en el mundo real se sacarían los ojos) va dirigida a dar a la historia un final feliz, en el que todo el mundo acepta la manera de ser de Gabriel, se restablecen (ni que sea provisionalmente) los vínculos y se encajan las piezas del mundo antiheroico.
Uno de los motivos recurrentes del relato son los objetos perdidos. De cada uno de sus viajes, Gabriel, Bundó y Petroli sustraen un bulto, anotan su contenido y se lo reparten, en un ritual que les sirve para intentar borrar su condición de desposeídos. Rita, la madre catalana, trabaja en la oficina de equipajes extraviados del aeropuerto del Prat. Gracias a un ritual similar (junto a tres empleados de la limpieza de la terminal se reparten objetos de las maletas no reclamadas) se produce el último encuentro fértil de Gabriel. Estos objetos (a los que se añade la cabina destrozada del Pegaso que Cristof encuentra en un cementerio de camiones a las afueras de Kassel) son talismanes que concentran la vida emocional de los protagonistas, maletas sin amo.
© Julià Guillamon, La Vanguardia, 24 de febrer del 2010.
dilluns, 1 de març del 2010
L’hora del lector
Divendres passat, Jordi Puntí va participar al programa L’hora del lector, del 33, que presenta Emilio Manzano. Si el voleu repescar, ho podeu fer aquí.
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